Hace unos años, Javier Bruzo y su familia llenaban cada momento libre con propuestas para Carolina, su hija de ocho años. “Pensábamos que era la mejor manera de que aprovechara el tiempo”, cuenta a LA GACETA. Con el tiempo notaron que llegaban agotados y que ella tampoco disfrutaba tanto.
Hoy eligen algunas actividades, pero dejan espacios en la agenda sin nada programado. “Al principio dice que se aburre, pero después termina inventando juegos, dibujando, leyendo o pasando tiempo con sus primos”, relata. Y resume un dilema que se repite en buena parte de las familias en cada receso escolar como las recientes vacaciones de invierno, o en los fines de semana (sean cortos o largos): “Entendimos que aburrirse un rato no es algo malo y que no hace falta resolverles cada momento del día”.
La escena se multiplica en muchos hogares tucumanos. Colonias, talleres, torneos y clases particulares compitieron en julio por un lugar en la agenda de los chicos, mientras que para sábado y domingo se multiplican propuestas artísticas, culturales y reacreativas -con entrada gratis o pagas-, mientras crece una pregunta incómoda para los adultos: ¿la necesidad de mantenerlos ocupados responde a lo que ellos piden o a lo que los padres necesitan resolver?
Lo que se cosecha
Para la psicóloga Alejandra Ruiz Navarro, del área infanto juvenil del Hospital Avellaneda, la respuesta tiene que ver con la infancia. “El planteo responde a una demanda de la época, de que el tiempo debe siempre ser productivo”, advierte. Esa exigencia hace que muchos padres necesiten que sus hijos estén “ocupados sin molestar”, y también se traslada a los chicos, cada vez más acostumbrados a los estímulos rápidos de las redes y menos tolerantes al “no hacer nada”. “Cada vez se ve más en el consultorio la dificultad de los chicos para jugar -señala-. Es muy extraño decirlo, pero es verdad: hay niños a los que les cuesta mucho jugar”.
La psicopedagoga Cecilia Lozano, con más de 20 años de trabajo con niños y adolescentes, coincide en que esos momentos sin consigna específica no son un vacío sino una herramienta. “Entran en juego la imaginación, la creatividad, la autorregulación”, dice, y agrega que también se fortalece la paciencia, algo que hoy escasea en tiempos de inmediatez.
Por eso recomienda combinar, dentro de un mismo día, actividades planificadas con espacios de juego libre sin ninguna propuesta armada: “Un niño no aprende con la agenda completa, con actividades full time. También aprende cuando hay pausas, cuando se tranquiliza, cuando tiene un momento de ocio, cuando puede aplicar su creatividad y su imaginación”.
La evidencia científica respalda esa mirada. Un informe de la Academia Estadounidense de Pediatría, reafirmado en enero de 2025, sostiene que el juego no es frívolo, sino que potencia la estructura y el funcionamiento cerebral, promueve las funciones ejecutivas y ayuda a amortiguar el estrés infantil. En la misma línea, la Sociedad Argentina de Pediatría definió el juego libre, incluso el que implica cierto riesgo, como un derecho de la infancia y una de las actividades más significativas para su desarrollo integral.
María Victoria Figueroa, mamá de dos chicos de siete y 10 años, reconoce esa tensión desde el otro lado: este invierno organizó la semana infantil entre una colonia, un taller de arte y fútbol. “A veces siento que corremos más nosotros que ellos”, admite. Muchas veces la presión no viene de los propios chicos sino del entorno: “Ven que sus amigos también lo hacen, y como padres aparece la duda de si decirles que no los va a dejar afuera de algo”.
Las diferencias
El neurólogo infantil Sebastián Fortini aporta un matiz clave: no todos los chicos toleran el aburrimiento de la misma manera. “Es una emoción que habitualmente cualquier persona puede sentir. Lo que pasa es que existe un tipo de aburrimiento que es una emoción transitoria y momentánea, y hay otros niños que tienen esa emoción como un rasgo de personalidad, una tendencia a aburrirse”, explica.
Según describe, esos chicos “pueden tener una intolerancia a aburrirse y una sensación de no encontrarle sentido a las cosas que los rodean, no los motivan, y muchas veces eso genera una inquietud motora o un pedido constante hacia los padres de jugar con ellos, de motivarlos”. Y agrega: “Hay niños que rápidamente buscan cambiar esos juegos, esas actividades, porque encuentran una monotonía en ellos”.
Frente a esa sensación, describe Fortini, los chicos despliegan distintas respuestas: “Esas estrategias son de autorregulación. Muchas veces se consiguen a través de estimulación social, es decir que le piden a los padres que jueguen con ellos con los juguetes, o estrategias conductuales, que son ellos mismos jugando con los juguetes”.
El problema aparece cuando nada alcanza: “Si los niños que están aburridos a veces no encuentran las estrategias para hacerle frente a es situación, muchas veces pueden generar otro tipo de conducta, como invadir espacios que no corresponden, pelear o romper cosas, solo por el hecho de que no consiguen una estrategia compensadora a esa sensación de aburrimiento”.
El neurólogo marca además una alerta que suele pasar inadvertida. “Estos rasgos también se acompañan con síntomas de ansiedad, o con tendencia a desarrollarla”, plantea. Y pone el foco en un riesgo concreto: “Los padres tienen que tener la precaución de que el niño no se vuelque a hacer actividades con pantallas, con juegos electrónicos, que eso sí puede ser una estrategia para combatir el aburrimiento, pero al mismo tiempo ya sabemos que el navegar por internet le puede generar más ansiedad”.
Para el especialista, averiguar en qué grupo está cada hijo es tarea de los padres. “Los padres deberían identificar en cada uno de sus hijos la habilidad natural o intrínseca de hacerle frente al aburrimiento, ayudándolos a generar las actividades para ello. Muchas veces los nenes no tienen esa capacidad de hacerle frente, y ahí es donde los padres pueden tener un rol y una participación activa para ayudarlos a resolver la situación”. Cierra con una síntesis que resume su mirada. “El niño que puede quedarse aburrido mirando tele; el que abre 400 veces la heladera y come; el que va y busca todos sus juguetes para generar una estrategia, y el que no puede generar esa estrategia y no puede resolverlo, le molesta la situación y tiene que estar pidiéndole cosas a los padres”, enumera.
El riesgo de reemplazar el juego por pantallas también preocupa a la Sociedad Argentina de Pediatría, que en un informe advirtió que la sobreexposición a dispositivos puede desplazar experiencias fundamentales para el desarrollo, como el juego, la vida al aire libre y el deporte, y que solo una minoría de los chicos menores de cinco años cumple con las pautas recomendadas de tiempo de pantalla.
Lozano suma señales concretas para que los padres estén atentos: irritabilidad o tristeza fuera de lo habitual, cambios en el sueño o el apetito, y una baja notoria en la energía. “Uno, cuando conoce a su hijo, ve en su carita y en su expresión algo distinto”, dice.
Equilibrio
Para Ruiz Navarro, crecer bajo la idea de que siempre hay que estar haciendo algo tiene un costo que excede la infancia. “Nos limita a desarrollar herramientas emocionales y sociales para tolerar la frustración y hacerle frente”, algo que también repercute en la vida adulta. En ese sentido, CEPAL y Unicef definieron en un documento conjunto al acceso al tiempo libre como un derecho de niños, niñas y adolescentes en la región, y no como algo subordinado a lo productivo o a lo académico.
Constanza Chavarría, mamá de Bruno, de 10 años, encontró ese equilibrio a fuerza de prueba y error: acompaña a su hijo en lo que realmente le interesa, pero también deja días sin nada planificado. “Como padres cuesta, porque sentimos que hay que aprovechar cada minuto. Pero también aprendimos que no todo tiene que ser productivo. A veces los mejores momentos aparecen cuando no hay nada planificado”, cuenta.
El desafío, para la mayoría de las familias, no parece pasar por elegir entre actividades o aburrimiento, sino por combinarlos sin que uno le gane terreno al otro durante todo el año. La pregunta que queda flotando es cuánto de esa agenda cargada responde a lo que el chico necesita, y cuánto a la incomodidad de los adultos frente a un rato de silencio.